¡UNETE YA!

5 abr 2010

LA VIOLENCIA Y EL LIBRE MERCADO

La guerra se convierte en un asunto privado y el pensamiento violento y guerrerista invade nuestra conciencia.  El fenómeno del “nuevo orden mundial” es aceptado y reproducido al pie de la letra por un régimen político corrupto y burguesías que amasan fortunas de dudosa procedencia, como las que dominan actualmente en El Salvador.

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*por Oscar A. Fernandez O, para ContraPunto

En la mayoría de países dónde por la imposición de un modelo económico en el cual las grandes mayorías no participan de sus beneficios, encontramos formas de violencia que se han extendido al grado de penetrar los cimientos de la cultura tradicional y sobreentenderse en la vida cotidiana. El Salvador es un ejemplo clásico.

Simplemente la uniformización global permite advertir que la presión por la adecuación social es enorme y que la cantidad de artículos dispuestos con los cuales establecer una “identidad de moda” es inaccesible para las mayorías. Paso a paso se expande una cultura estimulada por elementos bélicos y un comportamiento militarista. Ésta prolifera en la vida cotidiana y penetra hasta el interior de las familias comunes, que no tiene ningún ansia de guerra. Todos hablan hoy de “guerra contra la violencia”, una paradoja temeraria, una negación en sí misma, un culto peligroso.

Si sumamos esta infiltración de una cultura bélica y nihilista, a la violencia sufrida por la exclusión de grandes sectores en el país y la respuesta eminentemente punitiva de  Estado al problema de la delincuencia, obtenemos como resultado la legitimación y legalización de la violencia, lo que en otras palabras quiere decir que parece que los salvadoreños ya aceptamos la violencia como parte del paisaje social y comenzamos a creer que es normal vivir con ella. El bombardeo de propaganda, la inundación de noticias amarillistas y morbosas, el consumismo, la violencia exaltada y glorificada por los juegos electrónicos, la publicidad, el cine y la TV, impiden reconocer con claridad una diferencia entre la guerra y la paz.

La mayoría coincide en señalar que vivimos un proceso de involución civilizadora: a pesar de todos nuestros adelantos tecnológicos, no hemos podido desterrar la violencia. Al contrario, bajo mil disfraces, se ha convertido en un el arma de la dominación moderna al servicio de poderes cuyos verdaderos rostros apenas ahora empezamos a vislumbrar claramente.

La guerra se convierte en un asunto privado y el pensamiento violento y guerrerista invade nuestra conciencia. En contra del anhelo de que los seres humanos podamos ser iguales y liberados de un Estado violento y represivo se expanden de manera epidémica, el conformismo y las formas violentas de organización con sus correspondientes emblemas que proporcionan identidad y sentido de arraigo. Independiente de las formas en que sean entendidas, esta cultura de la violencia no es más que el síntoma de algo de lo que todavía no se toma conciencia: un fenómeno del “nuevo orden mundial” impuesto por el poder del capital transnacional y su poderío militar, el cual es aceptado y reproducido al pie de la letra por un régimen político corrupto y burguesías que amasan fortunas de dudosa procedencia, como las que dominan actualmente en El Salvador.

Sin embargo, a pesar de este sello impuesto por el “nuevo orden imperial”, es necesario considerar que la violencia que vive la sociedad salvadoreña como fenómeno propio, debe ser visto como un hecho evidente que nos obliga a implementar un cambio fundamental y revolucionario en las relaciones sociales. M. Ezemberger (Panorama de nuevas formas de guerra civil), se refirió hace una década, a la expansión de una disposición general a la violencia: “Armados los marginados y las bandas dominan la ciudad y el campo debido a que el darwinismo social del libre mercado barrió con toda clase de cohesión social fundada en la solidaridad”.

A propósito, bajo el lema "¡Alto a la miseria!", la Unión Europea (UE) ha declarado 2010 "Año de la pobreza y de la exclusión social". Y es que ya hay, en la Europa de los veintisiete, unos 85 millones de pobres. Un europeo de cada seis sobrevive en la penuria.” “Lo peor es que la violencia del desempleo golpea sobre todo a los menores de 25 años. En materia de paro juvenil, España ostenta la tasa más catastrófica de Europa: 44,5% (la media europea: 20%) (Le Monde Diplomatique en español, 2 de abril de 2010)

Las consecuencias de esta violencia desatada que sufrimos los salvadoreños y otras sociedades, son las manifestaciones de la fractura y disolución social que atomiza la sociedad. Dónde hasta hace unas décadas era todavía común que todos los miembros de la sociedad estaban ligados por un contrato social a un Estado que aún desde su naturaleza autocrática y burguesa, producía algunos bienes sociales, hoy en El Salvador el sistema y modelo imperantes excluyen cada vez más personas, llevándolas a la frustración y desesperación. Vivimos la negación total de una sociedad de inclusión sustituida por una sociedad de exclusión. En la actualidad se han establecido mecanismos de excepción adicionales, visibles e invisibles, de hecho y de derecho que se aplican contra los asentamientos marginales a manera de defensa para las minorías sociales que se encuentran en una posición privilegiada.

La violencia creciente y la disposición a ella son fenómenos que escapan a los intentos de contención del Estado que a su vez emplea recursos violentos para ello, al mismo tiempo que fomenta la violación a las leyes y la corrupción. El crimen tradicional si le podemos llamar así, se puede considerar un acto todavía racional en comparación a los sentimientos violentos y el odio en que han sumido los señores del poder a la sociedad salvadoreña.

La escalada a la violencia y la tendencia de ésta a estabilizarse preocupa en primer orden por que hace evidente la descomposición interna de la cohesión social, contra la cual las instituciones se muestran impotentes. Así la sociedad se descompone en asociaciones de violencia y en pandillas de todas las escalas sociales que nos hacen vivir un permanente estado de guerra, el cual creíamos estar superando.

A escala internacional Estados Unidos, impelido por su arrogancia imperial junto a otras naciones “civilizadas” igualmente prepotentes, se preparan para fortalecer las fortificaciones de sus fronteras que deben servir igual que cuando el Imperio Romano, para protegerse de los bárbaros, de los conquistados, de los pobres, de los excluidos, de los habitantes de la miseria, a los mismos que la civilización de los poderosos les robó sus ilusiones y corrompió lo que alguna vez fueron sus patrias.

El libre mercado necesita de la violencia como la vida necesita del oxígeno. A más libre mercado más violencia. Todas las reformas neoliberales del crecimiento económico han sido impuestas y se mantienen desde la violencia. La violencia asume el formato de la política como una extensión de la guerra, y ésta como una condición hobbesiana de existencia. El desarrollo y el crecimiento económico fragmentan al hombre de su sociedad y lo inscriben en una relación marcada, precisamente, por la violencia. La libertad de los mercados implica cárceles, persecución, terrorismo de Estado, torturas, genocidios, impunidad, guerra contra los pobres. El crecimiento económico es violento por naturaleza. Generar violencia y administrarla políticamente, bajo una cobertura de democracia, ha sido uno de los desafíos más importantes del neoliberalismo. El concepto neoliberal que permitió la domesticación de la política, incluido el sometimiento de la democracia a las coordenadas del mercado, ha sido aquel del Estado de derecho, el que ciegamente y de manera simplista solemos defender.

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