¡UNETE YA!

1 mar 2010

LOS DIASPOROSOS

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Los salvadoreños que nos fuimos vamos a seguir reclamando el lugar que por derecho nos corresponde en este país.

Es un arte discutir ideas. Y es un arte productivo que tiene la posibilidad de hacer crecer a todas las partes, tanto en conocimiento como en entendimiento y comunicación. No se requiere educación formal ni tampoco un vocabulario elevado y menos la maestría del lenguaje, del estilo, de la gramática. Se requiere sí un argumento, capacidad crítica y la voluntad de reconocer al otro como interlocutor. No siempre se aprende en un aula, la discusión de ideas es parte de una cultura. Desafortunadamente a veces, se vuelve un juego solitario ante una pared sorda donde sólo responde el eco. Con mayor frecuencia las oportunidades para discutir ideas se pierden en medio de ataques personales, ataques dirigidos a la persona que habla, ataques que rompen la capacidad de comunicarse, el diálogo.

Si lo sabremos los salvadoreños que nos fuimos.

Muchos de los salvadoreños que llegamos a los Estados Unidos fuimos recibidos, a veces muy solidariamente, como refugiados. Y hemos sido y gran parte de nuestra comunidad sigue siendo todavía una comunidad de refugiados. Es decir, aquellos seres que habitan más allá de los límites de la nación, a los que todo mundo culpa por los problemas económicos, los que mantienen limpias las ciudades, cuidados los jardines, mantienen las casas de los grandes vecindarios en buen estado, dan amor a los hijos ajenos, y siguen siendo invisibles. Y como comunidad de refugiados hemos necesitado ayuda y se nos han tendido muchas manos.

Sin embargo, lo que podíamos lograr cuando solamente éramos una comunidad de refugiados era limitado. Y de hecho, nuestra caracterización como una comunidad de refugiados poco a poco va perdiendo espacio en la realidad a medida que nos vamos involucrando en actividades que ya no son las actividades características de los refugiados: nos convertimos en artistas, en historiadores, en críticos culturales, en abogados, en comunicadores, nuestro papel pasa de ser objetos del estudio y objetos del discurso de los demás, y tomamos la voz, escribimos nuestras propias historias con nuestras propias palabras, nos embarcamos en discusiones teóricas, transformamos a nuestras comunidades. Y a medida que tomamos la palabra, siempre nos encontramos en el camino a alguien dispuesto a decirnos que no estamos representando nuestro papel de refugiados apropiadamente. Detrás de ese argumento hay prejuicios que se ocultan entre líneas, prejuicios que rezan: “Un refugiado nunca habla. Soy yo quien habla por el refugiado. Si el refugiado hablara, ¿cuál sería mi papel entonces?”

Pero aquel que era refugiado habla y el día de hoy lucha una batalla monumental por un proceso de legalización de su comunidad que le permita vivir con dignidad.

Los que se van del país también tardan en hablar con los que se quedaron porque hablar requiere un espacio de privilegio, requiere poder reflexionar. Primero tienen que encontrar una manera de viajar. Si tienen suerte viajan por avión, la gran mayoría tiene que encontrar una manera de emprender el viaje, de cruzar la frontera. Después hay que establecerse. Encontrar amigos y conocidos. Hacer nuevos amigos. Buscar un sitio donde vivir. Conozco lugares donde se alquila por $50 tres filas de ladrillos donde poner una bolsa de dormir y el derecho a usar el baño y la cocina. Por lo general un inmigrante recién llegado no puede vivir bien, tiene que enviar dinero a casa, cumplir la misión por la que vino, es lo único que podrá mantener su espíritu. Pero con el tiempo podrá encontrar mejores condiciones, mudarse a otro vecindario, conseguir un mejor trabajo, establecer una red de apoyo, crecer y organizarse. Un gran número de los salvadoreños que nos fuimos estamos organizados en grupos, comunidades, asociaciones de origen, instituciones y coaliciones.

Entonces nuestras remesas llegan también hasta aquí en forma de productos culturales, de propuestas, de ideas. Y a veces la respuesta desde aquí puede ser mucho más intolerante que la respuesta que a veces recibimos de las comunidades solidarias que nos acogieron allá aunque nos prefieran refugiados. A veces, cuando hablamos de la situación de nuestro país, el esfuerzo por descalificarnos va velado en la forma de un cumplido pero que realmente dice este ya no es tu país: “se te agradece el cariño que nos tienes a pesar de no estar tan cerca”.

A veces, cuando hablamos de la situación que la institucionalidad cultural del país atraviesa, tampoco se nos responde con ideas, ni con explicaciones, se responde con ataques a la persona, se nos caracteriza como “una diasporosa lloriqueando”.

Y nos responde también el silencio.

Pero los salvadoreños que nos fuimos nos hemos enfrentado ya con tantas paredes sordas. Estoy segura de que las remesas de ideas y de palabras van a seguir viniendo, que vamos a seguir reclamando el lugar que por derecho nos corresponde en este país, que vamos a seguir luchando por nuestro derecho a construir la memoria, es decir, ese espacio identitario que nos pertenece por igual a los salvadoreños que nos fuimos y a los salvadoreños que se quedaron.  

*por Beatriz Cortez, académica y columnista para ContraPunto 

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